Por: ILDIKO NASSR
Cuando mis abuelos tuvieron que emigrar, dejaron atrás sus casas, la guerra.y la lengua con la que se comunicaban. Debieron aprender una nueva lengua que, poco a poco, fue desplazando a aquella lengua materna.
Se acomodaron a nuevas costumbres, otras comidas, nuevos rituales.
La lengua de mi madre es la misma que la de sus padres. Llena de vocales y consonantes. Difícil y solitaria en su familia lingüística. Una lengua-río que fluye debajo de la superficie de un español en constante cambio y movimiento.
Cuando niña, fue a la escuela a aprender esta lengua y así, poder enseñarles a esos padres aferrados a su lengua madre. Sus compañeros, groseros e ignorantes, la aislaron y la niña que fue mi madre tuvo el consuelo de otra niña en las mismas condiciones. Una, húngara, la otra, quechua. Ambas aisladas. Cada una en su lengua.
La lengua de mi madre es su mayor herencia. Esta que dice quién soy, quiénes son mis hermanos, quién es mi hija y atraviesa generaciones. Esta que aparece cuando otra resulta insuficiente. Esta que nos habita y es natural en una comunicación, una comunión íntima y familiar, que cobija a aquella niña que fue mi madre y sufrió al darse cuenta de que este lugar que le permitía permanecer era inhóspito en la generosidad de la lengua madre (tan propia y tan ajena, tan natural y lejana). Tan difícil de compartir. Como compartir la propia madre con los hermanos.