Por: Andrés Malamud

Javier Milei salió tercero en las dos Buenos Aires, pero ganó en 16 provincias; si el resultado de las PASO se repite en octubre presenciaremos un
triángulo de gobernabilidad imposible.

Durante la cuarentena, el trío pandémico encerró al país. Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof gobernaron desde el Obelisco a una sociedad que rumiaba su frustración y se tragaba la depresión.
El domingo, esa sociedad regurgitó todas las ofensas. Mientras macristas porteños y kirchneristas bonaerenses revalidaban sus feudos, el interior concretaba una venganza electoral. Javier Milei salió tercero en las dos Buenos Aires, pero ganó en 16 provincias. Ni los countries, ni las villas que circundan la Capital anticiparon la magnitud del agravio de la Argentina profunda.
El santafesino Adolfo Stubrin lo describe de esta manera: “Las élites metropolitanas que protagonizan la grieta perdieron capacidad de atracción. Fuera de la ciudad y la provincia de Buenos Aires se forman mayorías contrarias. Para usar una frase peronista, el subsuelo de la patria se está sublevando. Las periferias geográfica, social y generacional se separan del sistema político establecido y se van con Milei”. El Obelisco nubló la vista de gobernantes y analistas, y el sistema de medios nacionales, o sea porteños, nos encerró en su cámara de eco.

El voto a Milei no fue solo bronca o desencanto: se percibió alegría y esperanza en muchos de sus apoyantes. Su discurso postelectoral fue el más sustancioso de todos los candidatos: planteó un diagnóstico de los problemas argentinos y propuestas para resolverlos, sumando una arenga salpimentada con humor y guiños cómplices. Que las perspectivas de ejecución del programa sean endebles no contradice su carácter propositivo, y no meramente destructivo.

Más allá de las intenciones, si el resultado de las PASO se repite en octubre presenciaremos un triángulo de gobernabilidad imposible: mientras el outsider Milei ocuparía la presidencia, un macrista puro gobernaría la ciudad de Buenos Aires y un kirchnerista puro lo haría en la provincia de Buenos Aires. Las dos Buenos Aires albergan al 45% de los argentinos y rodean al gobierno nacional. Cambiemos gobernó los tres territorios entre 2015 y 2019, y aún así enfrentó resistencia social y terminó en fracaso; la dispersión tripartita del control augura aún menos gobernabilidad.

Condiciones de gobernabilidad
La campaña que viene se presenta previsible. Milei mantendrá el rumbo y el discurso, sosteniendo a la economía (dolarización) al tope de la agenda. Bullrich preservará la apelación al orden, aunque suavizando las aristas y apoyándose en referentes económicos, quizás Carlos Melconian, que compensen su desconocimiento. Y Massa tendrá que administrar la devaluación con cuentagotas, mientras sale a motivar al electorado abstencionista, constituido en buena parte por electores desencantados del peronismo.

¿Y después? El resultado de octubre depende de tres factores: el desempeño de la economía, los casos de inseguridad y los errores autoinfligidos. Si la economía no se derrumba y el crimen no se dispara, el que se equivoque menos gana. Recién en diciembre terminan las vacaciones de Alberto Fernández y empiezan las dificultades para el electo, y es razonable preguntarse por las condiciones de gobernabilidad.

En caso de que gane Massa, será porque logró estabilizar la economía y contará entonces con el apoyo interno del kirchnerismo bonaerense y el externo del FMI. Si gana Bullrich, deberá enfrentar la resistencia callejera del peronismo bonaerense, pero contará con una base de apoyo en las gobernaciones provinciales propias (entre 8 y 10, lo cual constituiría un récord desde 1983). Y si gana Milei, aunque muchos lo comparen con Jair Bolsonaro, los contrastes son mayores que las similitudes. Bolsonaro gobernó con el apoyo de los militares, de los grandes actores económicos y, subsidiariamente, del Congreso, cuyas mayorías cooptó clientelarmente. Milei no contará con ninguno de esos tres apoyos, salvo que acepte diluir su mensaje de renovación pactando con la casta. Y si no es Bolsonaro, quizás sea Collor de Mello: un presidente carismático y liberal que, en minoría, no terminó en el autoritarismo sino en el juicio político.

Las PASO no son una elección de gobernantes sino una selección de candidatos. El partido sigue en juego y el resultado está abierto.

El autor es politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa

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