Por Silvina San Martín, Docente y Poeta

El cursor titilaba con la constante crueldad de un segundero avanzando inexorablemente, y me recordaba que la página seguía siendo un lienzo blanco.
Suspiré. Llevaba dos horas observando cómo el mate se convertía en un verdín frío. Tenía los dedos suspendidos sobre el teclado, como pianista que ha olvidado la primera nota de la partitura. Busque una idea en el techo, en las gotas de lluvia que bailaban en la cornisa del tejado, incluso en la etiqueta de la yerba que prometía que hoy sí tendría la respuesta. Nada.
—Escribí sobre el vacío —me dije a mí misma.
Pero el vacío era eso: una ausencia tan absoluta que no ofrecía ni un adjetivo al cual aferrarme. Cerré los ojos y traté de invocar a alguno de mis personajes, pero ellos se habían ido de vacaciones sin dejar dirección de retorno. Estaba sola en una habitación llena de libros, que otros sí habían logrado terminar, sintiéndome como una impostora.
Frustrada, tecleé una sola frase para romper el silencio de la pantalla: «Hoy no tengo nada que decir».
Me quedé mirando esas seis palabras. Eran honestas. Eran tristes. Eran, después de todo, un comienzo. Se me soltó una franca risa y levemente y, sin pensarlo mucho, empecé a describir mi mate amargo, helado e intomable.

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