La vida de la más extravagante cortesana del siglo XIX, a la que le regalaron un libro hecho de billetes

De todas las cortesanas del siglo XIX, Cora Pearl fue tal vez la más descaradamente extravagante. Nacida Emma Elizabeth Crouch en 1835 en Gran Bretaña, se convirtió en una muchacha de magnífico cuerpo y largos cabellos pelirrojos. Entró en la prostitución luego de que un desconocido la violara. Había aceptado beber unas copas con ese hombre y se despertó doce horas después en una cama junto a su violador, que la miró indiferente y le dio cinco libras.

Cora Pearl, de Londres a París

Nunca tuvo la intención de ser una simple prostituta de calle. Desde el comienzo, esta joven tenía su mirada puesta en un estatus mucho más elevado, y hasta lujoso.

En Londres, Pearl conoció a Robert Bignell, el dueño de un burdel de mala fama, y pronto se convirtió en su amante. Ella tenia casi 17 años y él, 35. La pareja viajó a Paris como marido y mujer; luego de haberse enamorado de la ciudad, Pearl le exigió a Bignell que volviera a Londres sin ella. Durante este tiempo, se inventó el alias “Cora Pearl”, un nombre que pretendía encarnar el nuevo y opulento futuro que buscaba crearse en París.

Fue muy exitosa en este nuevo emprendimiento, pronto logró incluir en su lista de clientes a la más distinguida nobleza, duques, príncipes, incluso al duque de Morny, hermanastro de Napoleón III y ministro de Interior; y al príncipe Jerónimo Bonaparte, que la instaló en un castillo. Ellos cumplían todos sus deseos. Su sueño de una vida lujosa se vio concretado.
Para 1864, Pearl tenía su propio “chateu” en el valle del Loira. Tan famosas eran sus fiestas que el chateu se convirtió en uno de los principales destinos de entretenimiento de la alta sociedad.

Cora Pearl, tendencia en la moda

Por encima de todo, Pearl se jactaba de marcar tendencia en la moda. Su colección de joyas, valuada en alrededor de un millón de francos, era la envidia de todos. Su ropa era especialmente diseñada por Charles Frederick Worth, considerado el padre de la alta costura, y siempre se vestía con la intención de deslumbrar. Le gustaba teñirse el pelo de colores llamativos (había días en los que se teñía de un color amarillo limón para que su cabello hiciera juego con el decorado de satén del interior de su carruaje).

Proponía looks dramáticos: su maquillaje de rostro y ojos estaba mezclado con polvo de perlas o de plata para producir un efecto luminoso. Cora fue una de las primeras mujeres en Francia en teñirse el pelo de rojo furioso. Aunque no era una figura sobre la que discutían las mujeres más sofisticadas, a puertas cerradas buscaban desesperadamente imitarla.

En la primera mitad del msiglo XIX, Alexander Duval, hijo de un famoso comerciante que se hizo rico como propietario de una cadena de restaurantes, se enamoró de ella con locura. Había heredado 10 millones de francos y Cora logró que los invirtiera en ella.

-Ordename morir y moriré por vos-, le dijo él.

-Prefiero que vivas y pagues mis deudas-, le respondió ella.

Un millón por una noche y un libro de billetes

Cora, que solía cobrar un millón por una noche a los príncipes y duques, recibió 100.000 libras de Alexander pensando el pobre incauto que con ese dinero ella podría sostener sus gastos por un largo tiempo, pero el mismo día que los recibió gastó 6000 en un banquete donde su amante no estuvo invitado. Alexander hacía de todo por retenerla. Le regaló un collar de diamantes valuado en 600.000 francos y un libro. Ella estuvo por rechazar el libro hasta que se dio cuenta que cada página era un billete de mil francos.

Cora no sentía nada por Alexander. En la intimidad, diría años después en sus memorias oficiales, realizaba una gran actuación fingiendo un placer que no sentía. Abandonó al pobre Alexander cuando este perdió toda su fortuna. Lo cambió por Achille Murat, el hijo de uno de los generales de Napoleón, Joachim Murat. Pero tuvo que abandonar París por un tiempo cuando se enteró que Alexander Duval se había suicidado a causa de su rechazo.

Atrevida e independiente, Cora Pearl tuvo el coraje de ser, y vestirse, de manera fiel a su estilo y personalidad mucho antes de que ese comportamiento fuera tolerado por la gran mayoría de las mujeres. También tuvo el desenfado de contar en sus memorias muchas de sus experiencias sexuales con la nobleza. Buscaba, escribió, que el príncipe Jerónimo Bonaparte no se emborrachase. La razón era que si estaba sobrio apenas podía mantener una erección pero luego de suficiente cognac aguantaba hasta cuarenta minutos, circunstancia que a Cora no le convenía. Según cuenta en su diario, una noche el príncipe se durmió antes de la cuenta. Al día siguiente trató de compensarla con joyas y dinero.

Aquella misma noche volvimos a la ópera, y esta vez acompañados de un miembro de su séquito, el teniente de navío Brunet, y un joven amigo, André Hurion, un niño bonito. Los dos tenían la mitad de años que el príncipe […] Yo me puse en pie pidiendo que nos marchásemos. Para mi sorpresa, los dos invitados subieron al coche con el príncipe, quien no hizo ningún gesto de desaprobación. Al llegar a casa subieron las escaleras con nosotros y nos acompañaron al dormitorio. Yo empecé a sospechar lo que iba a ocurrir y, efectivamente, apenas se había cerrado la puerta los dos jóvenes estaban desvestidos”, relató y agregó lo que dijo Jerónimo Bonaparte: “Por favor, hagan como si yo no estuviera…”, tras lo cual él se acomodó en un sillón con una botella de coñac y un vaso a contemplar los acontecimientos.

La edad, la única enemiga de Cora

Cora fue perdiendo terreno a manos de cortesanas más jóvenes, además de gastar a manos llenas. Con el tiempo, declinó su fama y su dinero, y sus propiedades desaparecieron. Quiso ganar dinero escribiendo un diario que logró publicar pero que nadie o muy pocos leyeron en su primera edición. Luego agregó condimentos sexuales que levantaron las ventas.

“Nunca engañé a nadie porque nunca le pertenecí a nadie”-, escribió. “Mi independencia era toda mi fortuna y no conocí ninguna otra forma de felicidad”.

Murió pobre, de cáncer, a los 51 años, en el invierno de 1886. Un caballero aristócrata, que se interesó por el destino de su cuerpo, cuando advirtió que la llevaban a una fosa común detuvo a los empleados del cementerio y pagó un entierro espléndido.

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