Por Reynaldo Castro, Profesor de la Unju
A PROPÓSITO DE RESTOS ENCONTRADOS RECIENTEMENTE EN ALTO PADILLA, va un texto que forma parte de la segunda edición del libro CON VIDA LOS LLEVARON.
HÉCTOR LUDOVINO FUNES había ingresado en 1951 a la Policía de la Provincia (antes había pasado por la Marina) y fue “retirado” porque descubrió un cementerio clandestino.
El 1º de febrero de 1972, Funes había sido destinado a la seccional 5ª de Ciudad de Nieva. Entonces tenía el grado de cabo. Cinco exactos años después sería trasladado a la seccional 23 de Palpalá. El motivo del traslado sería ─según él─ por haber cumplido con su deber .
Antes de dejar la 5ª, Héctor Ludovino protagoniza un hecho que no olvidará “ni aunque pasen cincuenta años”. Tuvo que investigar un supuesto homicidio. Dos adolescentes que cazaban con hondas habían encontrado restos humanos en Alto Padilla, en el bajo del primer cañadón. Asustados, los pibes habían denunciado el hecho en la seccional.
CERCA DE LA SEIS DE LA TARDE de un día (“no tengo precisa la fecha”, dice el memorioso como quien acepta que al mejor cazador se le escapa una presa) que está entre octubre de 1976 y enero del año siguiente, un jeep transporta a Funes y al agente Vicente Zerpa al lugar. El chofer los deja y vuelve a la seccional. Los dos policías tienen miedo porque alguien les había dicho que eran cadáveres de guerrilleros y sus compañeros iban a volver a buscarlos. Héctor Ludovino toma sus precauciones y le dice a su subalterno que se quede escondido bajo una tusca, con la ametralladora en posición.
El cabo llega al lugar que le marcaron los pibes y encuentra un cadáver. Es una mujer enterrada a pocos centímetros. Está boca abajo, tapada con ramas y con algunas piedras encima. Los animales ya le habían comido parte de la nuca y la mollera. Él le calcula unos 23 o 24 años; tiene una blusa rosa, pantalón blanco con un sello colorado en un bolsillo, chaleco verde claro y botas nuevas. Además, observa que tiene, por lo menos, dos disparos en la espalda.
A unos metros, Funes observa huesos de un brazo. Mira hacia el zanjón y exclama: “¡Dios me guarde!”. Hay un pantalón con huesos de pierna y restos de un brazo devorado por animales carroñeros. Después de reponerse, le dice a Zerpa que se quede de guardia que él va ir a comunicar el descubrimiento a la seccional.
No bien deja a su compañero apostado, siente una voz que llega de atrás:
─¡Usted no va a ir a ningún lado!
Es la orden de un teniente alto, rubio, con la piel colorada y una cicatriz en el pómulo izquierdo. Después sabrá que se llama Rafael Mariano Braga. Junto al teniente hay dos hombres más.
Un pensamiento alocado pasa por la mente de Héctor Ludovino: “Si me quieren eliminar, yo puedo con ellos. Tengo una ametralladora y una pistola”. Rápidamente se da cuenta de que está en un campo militar y de los problemas que podría tener si se deja llevar por su impulso imprudente.
El lugar es la zona donde concurren los militares a practicar tiro pero no está delimitado por señales. Por eso los chicos se metieron a cazar por ahí. También es un espacio por donde circulan algunos arrieros, como el que divisa Braga a un poco menos de un kilómetro. Enseguida, el teniente le quita el FAL a uno de sus hombres, apunta al paisano y lo tumba.
FUNES ES LLEVADO al Regimiento de Infantería de Montaña 20. Está detenido en una oficina, custodiado por un soldado, durante un poco más de un día. Nadie se presenta a pedir por él. Pide hablar con el jefe del Regimiento, el coronel Carlos Néstor Bulacios; le dan muchas excusas, pero ninguna explicación.
A las diez de la noche, Bulacios lo hace llamar: “¿Qué pasa, hijo?”. Funes le explica que él cumplía una orden:
─Usted, mi coronel, cuando le dan una orden, ¿la cumple o la discute?
─La cumplo, por supuesto.
La respuesta del militar brinda seguridad a Funes. Aprovecha el momento y explica que él tenía que investigar un supuesto homicidio porque pertenece a un cuerpo de seguridad y, sin embargo, se encuentra detenido.
Bulacios se ofusca y dice que “eso no puede ser” y, de inmediato, da la orden de dejarlo en libertad. “Aquí no ha pasado nada”, dice el coronel y, con una mano, le hace una señal a Funes para que no comente nada. Éste dirá después: “Lo tomé como una presión”.
Al poco tiempo, Funes es trasladado a Palpalá. En 1977, le notifican que le llegó el retiro firmado por Fernando Urdapilleta.